El apartamento era una casa normal del entorno rural de Croacia y su dueño, con su señora (que según Killiam les había hecho una tarta, pero a mi y a María no nos dio ese placer) que no hablaba nada de inglés, alquilaban por habitaciones. La nuestra era una habitación con una cama de matrimonio y un baño privado que fue, durante unos días, nuestro nido de amor.
Al día siguiente fuimos a la playa ya por la mañana, aunque más que playa era un malecón con el agua muy calentita.
Los días han pasado entre playa, sol, mosquitos (tuvimos unas picaduras increíbles), helados de cincuenta céntimos de Euro, lugareños que no sabían hablar sin gritar. Ayer por la mañana, cuando salíamos del apartamento, nos encontramos con un hombre de unos setenta años con fuerte acento americano que nos contó que era de California. Por su acento poco le faltó decir "tengo una serpiente en mi bota" y escupir tabaco masticable.
Por la noche fuimos a dar un paseo por el puerto deportivo que estaba iluminado y en el que hacía una temperatura muy agradable (no como este tren-sauna). Han sido, en definitiva, unos días de relax.
Hoy nos hemos dedicado a esperar por el tren Zadar. Hemos sigo perseguidas por el "loco del pueblo", que hacía soniditos, que creemos que son los propios del apareamiento croata.
No hay comentarios:
Publicar un comentario