Estamos en Frankfurt, ya en el último día de nuestro interraíl. Estamos en la habitación preparando todo para mañana, que cogemos el avión a Madrid. En el aeropuerto nos esperarán Powers, David y Jose Manuel (el padre de María) (NOTA*: Al final no fue el padre de María, sino Jorge, su hermano).
El día 26 fuimos a Munich y tras recorrer una calle larguíííísima, llegamos al albergue dónde el encargado hablaba en un inglés gangoso ("Room mumber?" "¿Mambo?"). Nos peleamos un poco con él y con las reservas, era un poco torpe, acabó haciéndonos dos facturas a cada una no entendemos muy bien por qué.
Llegamos a la habitación y había un séquito de locas barcelonesas, cuyo interraíl trataba de
- un día de fiesta 24 horas non-stop
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- seguido de un día de siesta 24 horas non-stop
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- un día de tomar el sol 24 horas non-stop.
La verdad es que eran muy divertidas.
Nos fuimos a la cama relativamente pronto porque estábamos matadas.
Al día siguiente nos levantamos y fuimos a recorrer Munich. Era una ciudad con mucho encanto y muy musical. Prácticamente en cada esquina había un músico tocando, lo cual me encantó. Vimos el ayuntamiento, Frauenkirche, cuyas torres me encantaron, un mercado lleno de comidas, bebidas y flores alemanas (Virtualienstrasse) y caminamos, caminamos, caminamos. De vez en cuando nos tirábamos en algún jardín dónde se estaba muy agusto, el tiempo era muy bueno y generalmente podías escuchar la música procedente de alguna esquina.
La ciudad no era muy grande, pero sí muy bonita, con muchas zonas peatonales y millones de bicicletas.
Tras comer una típica salchicha alemana con una jarra de agua, fuimos a Hofbrauhause, la cervecería más grande del mundo a tomarnos... ¡un capuccino! Yo me tomé también la segunda Apfelstruddle del viaje, que me dejó hecha una bolita. Me llenó muchísimo.
Por la tarde seguimos caminando y nos dirigimos al albergue, aunque antes pasamos por un locutorio para dar señales de vida a mis allegados (familia y novio).
Al llegar al albergue nos encontramos con las chicas catalanas que se estaban preparando para ir de fiesta. Al día siguiente tenían que hacer el "Check out", pero cuando sus alarmas sonaron, las únicas que se despertaron fuímos María y yo. Me duché y como no se levantaban, decidimos avisarlas por si perdían algún tren. Tenían que hacer el "Check out" en 10 minutos y no sólo tenían toda la ropa desperdigada, sino que aún estaban borrachas, por lo que nos partíamos de la risa con ellas. Una de ellas sacó del bolso dos pulseras reflectantes amarillo fosforito que le habían regalado en la discoteca de la noche anterior y nos las regaló a Mary y a mi.
Finalmente consiguieron irse, María se fue a duchar y bajamos al supermercado en busca de cena. La subimos al cuarto y nos fuimos a la ciudad en busca de regalos (que no encontramos, tan sólo encontré una jarrita de cerveza para mis padres).
Tras el intento fallido de comprar, nos fuimos a ver la residencia real de Maximiliano, que era impresionante pero más aún lo eran sus jardines. Nos sentamos en el parque y María se encontraba muy mal, así que fuimos al albergue. Allí estuvimos viendo la MTV alemana en una tele del cuarto con sus programas estúpidos que hacían que el tiempo pasase más deprisa. Entonces llegaron cuatro japonesas, dos madre y dos hijas, que se acostaron con ropa a las 20:00 para levantarse a las 6:00 AM sin ducharse. No hablaban nada de inglés y eran bastante bordes. En fín, así fue nuestra última noche en Munich, guardando silencio por nuestras compañeras orientales, cosa que ellas no hicieron cuando se levantaron a las 6 de la mañana.
Residencia de Maximiliano
Al día siguiente (29 de Julio) era nuestro último día del billete de Interríl, así que nos fuimos a Frankfurt. Tras comer una pizza de un pizzero muy gracioso, cantarín y multilingüe, cogimos el tren que tardaría tres horas hasta Frankfurt.
Al llegar, estuvimos descansando y nos encontramos a una española con la que hablamos dos palabras. Le dijimos que Frankfurt se veía muy rápidamente.
Por la noche fuimos al Sam Sports Bar, lugar dónde nos habíamos tomado unos cócteles los días que pasamos en Frankfurt con Pablito y Carlos. El camarero era un rubio llamado Benny, muy amanerado pero simpático y gracioso. Le llamábamos "Blondie Benny" (no a la cara, claro). Acabamos yendo a una discoteca horrible de modernos, dónde a mi (cómo no) me entró el sueño y acabamos yendo a la cama.
Esta mañana nos hemos despertado, hemos desayunado en el buffet del albergue y básicamente nos hemos ido de compras en busca de regalos. Hemos contado céntimos para comer y hemos seguido dando vueltas hasta que finalmente hemos vuelto al albergue. Yo me he encontrado con la chica de ayer, que me ha preguntado si era de Asturias ("Pero si yo no tengo acento...") y cuando le he contestado que había vivido allí, me dice que es Alba, de Medal, que tocaba la flauta en mi conservatorio. El mundo es un pañuelo. Me ha estado contando toda su vida (sí, yo no la reconocí y ella a mi sí).
Luego nos hemos tumbado en la cama y me he despertado muy atontada. Así que estamos vagueando. Y mañana termina todo esto...